JONÁS AL MARGEN DEL TIEMPO


Sábado di una larga vuelta por el paseo de Las Canteras. Había sol. El aire fresco me dejaba solo alegrarme con la luz y de mi visión, cuando ampliada por el horizonte libre, cuando restringida por mi pensamiento.

Camine más allá del límite de La Puntilla. Mi costumbre es alejarme de la gente que sonríe porque los otros sonríen. Se además que, si encuentro un solitario, no debo decirle nada: la naturaleza solitaria y simple lo nutre bastante para no necesitar mi comprobación.

Habían paseantes por aquí también. Menos, pero no tantos como para sentir que algo ha sido impurificado, que lo mío no es mas lo mío, sino de dominio público y caótico. Y, de toda forma, el agua clara del océano me daba el consuelo que todavía se puede ver más allá de un límite. Que el misterio de las profundidades o de las alturas se puede ver en ciertos lugares, en ciertos tiempos. En una pequeña caleta innumerables restos de algas flotando en el agua me hicieron sumergirme y verlas como, en un cielo liquido, mariposas.

De pronto descubrí que estaba interesado en la pesca y esto se daba porque mi mirada sorprendió el perfil de un pescador con su caña. El grito de unos albatros que daban vuelta sobre el pescador me cambio el nivel de mi caminata: ya no pisaba a la orilla del océano, sino por un camino antiguo de mi memoria.

Niño y joven a la vez, me gustaba en los días de verano ir antes del alba a la orilla del rio o del lago. Iba para pescar impulsado por mis sueños que mi acción tendrá un efecto vivo, palpable. Que al final del día podría mostrar lo que estuvo hasta entonces nadando en pleno misterio. Que mi auto enseñanza en lo que existe tenía una cara ancestral y por eso más autentica.

Pero llegando a la orilla del agua, la neblina ligera, la próxima salida del sol, el movimiento del juncal, se volvían en un sustituto para mi vida. Mis acciones técnicas, poner el cebo vivo, lanzar la caña, mover el hilo hacia donde suponía que estaba el pez, perdían poco a poco de su rigor. Empezaba a compartir conmigo mismo el placer insubstituible de quedarme sin soplo con el corcho nunca móvil y de ganar aire con el corcho siempre picado.

Pasando los años, me di cuenta que me acercaba al borde  por otra razón, que estuvo aquí esperándome, para enflorecer en el lago de mi mente. El orgullo de extraer vida de las aguas siempre horizontales, la esperanza compensadora de ser engullido por el Pez de todos los tiempos, se hacían más y más transparentes, dejándome ver y comprender. Oír por fin que decía el envoltorio soñado, escamudo.

Asi me encontraba el tarde tiempo de la noche, siempre de un blanco luciente como en las poemas, siempre desesperado y cruel con las legiones de mosquitos como en las noticias. Porque encontrar la margen del tiempo te despierta como jamás has encontrado algo.

Estuve después a su espalda y baje unos cuantos peldaños hacia la explanada donde se encontraba. Simplemente vestido, un anciano con pelo entrecano. Sin mirarme, me dijo:

 

-Soy tu cebo!

-Asi parece…dije sin saber de hecho que decir.

-Parece o no parece ¡ da igual !.La afirmación suya fue simple y serena.

-Hasta ahora supe que asi es. Ahora veo que no se medir entre una ola real y una ola imaginaria… dije, sonriendo. Me gustaban los diálogos metafóricos, el andar con medias tintas.

El continuaba hacer sus gestos de pescador asi como lo hace cualquier hombre experimentado: sabia de que se trataba…Los movimientos eran tranquillos, eran para el mismo y su acción, con una soltura que tiene todo el tiempo.

-Mejor que sabes que es una o otra; al contrario, estarías con los demás y no aquí. Su caña hizo el movimiento medio círculo, el hilo hizo el movimiento medio elíptico. El parecía orientado solo hacia mi, sin movida, mirándome.

-Medir…continuo con su voz tranquilla, casi inaudible…medir es cosa de práctica. Yo nunca he escrito algo sobre el asunto, pero lo he mostrado para los interesados cada tiempo.

La nube se aparto y ambos fuimos de pronto iluminados por el sol ahora alto y directo. Yo tuve un movimiento hacia el palmero de mi derecha, pero comprendí que esta vez no debería hacerlo. A veces, si no siempre, la distancia entre la rareza del entusiasmo y lo de siempre demasiado humano es tan fina como un hilo de seda. Para mascar mi error involuntario me mostré interesado en la apertura del horizonte. Seguí mirando con el mismo poder que tenia a la secreta llegada del sueño. Probablemente porque las nubes no se enterraban de nada. Probablemente porque en un muy fugaz instante vi algo sin perfil. Más seguro porque el anciano volvió a su salto entre las olas, olvidándome al merced del viento.

No me sentí inseguro, sino al contrario. Siempre confiaba mas en mis pensamientos que en los demás y en la mayoría de los casos ser olvidado me hacía sentirme libre. Estar en la puente de un barco, como marinero o como viajante, te obliga a dar respuestas a preguntas irrelevantes. O tan importantes que solo puedes llorar.

Por siguiente era mejor hacer lo que hacía: miraba el atrevimiento de las olas contra las piedras, ahora imprudentes, siempre vencedoras. Los restos del barco no tenían antes una medida. Después fueron arboles crecientes con coronas felices: vinieron los hombres dándole una medida mortal, pero útil. El bosque se hizo un barco para pasar los mares. Los mares se lo tragaron y el hombre nado hacia nada para encontrar una isla fétida. Cada ola repetía este cuento y su sentido—que lo natural vuelve a lo natural a pesar de cortar precisamente un codo de madera.

Pero no era mi historia. Todavía.

Y la mañana tenía tanta luz que no estaba seguro de tener una historia mía. Lo que intento contar no ha ocurrido todavía y no se si el hambre que sentiré tendrá su medida llena.

St.Dan-Marius © 2010

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